Nacho Mantecón

Un lugar en la conversación

Un recorrido por distintos «lugares» desde los que hablar y escuchar.
Un lugar en la conversación

Probablemente hayas tenido alguna vez, en una conversación, la sensación de que no te estabas entendiendo con tu interlocutor. Tal vez las palabras utilizadas tenían un significado claro y preciso, pero, aun hablando aparentemente de lo mismo, subyacía algo que dificultaba la comprensión mutua y, por tanto, el diálogo entre ambos. ¿Qué ocurre en estas situaciones? ¿Acaso se ha convertido nuestro idioma en una lengua muerta?

Si damos por supuesto que hay una predisposición a la escucha (escapando de esa tendencia cada vez más extendida de hacer oídos sordos a cualquier discurso que no coincida en su literalidad con el nuestro), estas situaciones de falta de entendimiento se producen porque nosotros, y nuestros interlocutores, no hablamos desde el mismo lugar. Sí, parece que hablamos de lo mismo, pero, en realidad, no estamos hablando desde un mismo plano mental o emocional.

Cuando hablo de lugar me refiero, concretamente, a cada uno de los escalones de la pirámide de niveles neurológicos descrita por Robert Dilts, uno de los referentes actuales de la Programación Neurolingüística (PNL), a partir de los estudios previos del antropólogo Gregory Bateson. Podemos definir los niveles neurológicos, también llamados niveles lógicos, como los distintos estratos –jerárquicos, permeables– en los que se codifican nuestras experiencias y se definen nuestras respuestas a la hora de interactuar con el mundo.

Según Dilts, podemos hablar de seis niveles neurológicos que van desde lo más superficial a lo más profundo (de ahí que a veces se representen también como pirámide invertida, en forma de iceberg):

  • Entorno: el lugar físico y temporal en el que se produce la interacción.
  • Comportamientos: los actos específicos que hacemos en esa interacción.
  • Capacidades: la forma en la que generamos y desarrollamos dichos actos.
  • Creencias y valores: el lugar del que emana la motivación o la limitación que, mediante el uso de las capacidades, conducirá o reprimirá dichos comportamientos específicos.
  • Identidad: la estructura de nuestra personalidad.
  • Espiritual: cuando el individuo considera que hay una instancia superior que trasciende de sí mismo.

Por tanto, en cualquier conversación, conviene tener claro desde dónde estamos hablando y desde dónde nos escucha nuestro interlocutor (y viceversa). Para ello, debemos prestar atención a las preguntas básicas que subyacen bajo cada argumento o afirmación. Las preguntas dónde y cuándo nos dan información sobre un entorno determinado. Las preguntas qué y cómo nos ayudan a identificar, respectivamente, los comportamientos y las capacidades que entran en juego en una determinada interacción. La pregunta por qué, por su parte, nos revela las creencias y valores que se están movilizando o reprimiendo. Y, finalmente, las preguntas quién y para quién nos conducen a la identidad y a esa dimensión transpersonal que situamos por encima de nosotros.

Esto, a priori, puede parecer muy teórico. ¿Y si pensamos en situaciones concretas?

Imaginemos, por ejemplo, una conversación sobre el trabajo en la que nuestro interlocutor nos habla de la reunión que tuvo lugar el día anterior en la oficina. Puede que su intención sea solo hablar de un determinado entorno; sin embargo, nosotros, de acuerdo a lo que vivimos y experimentamos en esa reunión, podemos sentirnos señalados o atacados en nuestras capacidades. Del mismo modo, podemos hablar abiertamente de nuestra identidad o de nuestras creencias y valores y encontrarnos con que nuestro interlocutor nos escucha a un nivel más superficial o trivial, como si habláramos de simples comportamientos ante una situación concreta.

El entendimiento solo es posible cuando nos aseguramos de que hablamos y escuchamos desde un mismo lugar, desde un mismo nivel. Quizá eso es lo que nos falta, ajustar la frecuencia, el punto de nuestro dial neurológico en el que tener la mejor conversación. No obstante, entendimiento no significa necesariamente que haya acuerdo sobre los argumentos que se esgrimen: el entendimiento es también la base de una sana discrepancia.

Hoy te animo a prestar atención a tus conversaciones. ¿Desde qué lugares hablas? ¿Desde qué lugares sueles escuchar? Feliz semana.

Nacho Mantecón

Nacho Mantecón

Escribo a partir de mi formación y experiencia en Coaching, PNL, Eneagrama y Terapia Gestalt. Consulta aquí los servicios que ofrezco.

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