Estamos etiquetando constantemente. Nuestra forma de estar en el mundo depende de las definiciones que nos formamos de las personas y de las realidades que nos rodean. No está de más vivir con una perspectiva crítica sobre lo que sucede a nuestro alrededor. No obstante, esta perspectiva se ve contaminada, muchas veces, por estereotipos o prejuicios que tomamos de la sociedad, sin contrastarlos, o que generamos nosotros mismos a partir de experiencias que consideramos fallidas. Por otro lado, solemos confundir el ser con el hacer: ante una situación determinada, juzgamos la personalidad del otro, en su globalidad, sin tener en cuenta las condiciones que motivan su comportamiento. Bienvenidos al fenómeno conocido como proyección.
Se define este fenómeno, también llamado transferencia, como un mecanismo por el que el sujeto atribuye a otros virtudes, defectos e incluso supuestas carencias propias. Al etiquetar al otro, transferimos –en mayor o menor medida– cualidades o deméritos de los que eludimos responsabilizarnos. Colocamos en los demás lo que no nos encaja a nosotros mismos. Del mismo modo, cualquier valoración que recibamos de otros estará impregnada de sus propias proyecciones. De ahí que sea necesario actuar con cautela tanto en la emisión de juicios, opiniones o percepciones hacia el entorno como en la recepción de los mensajes que llegan hasta nosotros.
En mi opinión, la responsabilidad es la clave. Tenemos que responsabilizarnos de las etiquetas que colocamos a quienes nos rodean. Debemos hacer autocrítica y asumir con sinceridad y humildad la parte inherente a nosotros de las valoraciones que hacemos sobre los demás. Tenemos que entrenar nuestra capacidad de empatía y asertividad. Debemos intentar comprender qué hay del otro, de lo más profundo de su ser, en las atribuciones que realiza sobre nosotros. Solo así podremos construir conversaciones (y relaciones) más auténticas. La proyección debe ser un bumerán que, tras lanzarlo, vuelve al punto de partida. ¿Estás preparado para cogerlo?